Puede parecer un intento muy extravagante el de los escépticos destruir la razón mediante argumentos y raciocinio; sin embargo, este es el gran objetivo de todas sus indagaciones y disputas. Se esfuerzan por encontrar objeciones tanto a nuestros razonamientos abstractos como a aquellos que se refieren a cuestiones de hecho y de existencia.
La principal objeción contra todos los razonamientos abstractos se deriva de las ideas de espacio y tiempo; ideas que, en la vida ordinaria y a una vista superficial, son muy claras e inteligibles, pero que, cuando pasan por el examen de las ciencias profundas (y son el objeto principal de estas ciencias), proporcionan principios que parecen llenos de absurdos y contradicciones.
Ningún dogma sacerdotal, inventado a propósito para dominar y someter la razón rebelde de la humanidad, ha chocado jamás tanto con el sentido común como la doctrina de la divisibilidad infinita de la extensión, con sus consecuencias; tal y como son pomposamente expuestas por todos los geómetras y metafísicos, con una especie de triunfo y exultación.
Una cantidad real, infinitamente menor que cualquier cantidad finita, que contiene cantidades infinitamente menores que sí misma, y así in infinitum; este es un edificio tan audaz y prodigio, que resulta demasiado pesado para que lo sostenga ninguna pretendida demostración, porque choca con los principios más claros y naturales de la razón humana.
Pero lo que hace que el asunto sea más extraordinario es que estas opiniones, aparentemente absurdas, están respaldadas por una cadena de razonamiento de la mayor claridad y naturalidad; ni nos es posible admitir las premisas sin aceptar las consecuencias.