¿Es justa la consecuencia de que, puesto que algunos testimonios humanos tienen la máxima fuerza y autoridad en ciertos casos —cuando se refieren a la batalla de Filipos o de Farsalia, por ejemplo—, por tanto, toda clase de testimonios deba tener, en todos los casos, igual fuerza y autoridad?
Supongamos que las facciones cesariana y pompeyana se hubieran atribuido, cada una de ellas, la victoria en estas batallas, y que los historiadores de cada partido hubieran atribuido uniformemente la ventaja a su propio bando; ¿cómo habría podido la humanidad, a esta distancia, decidir entre ambas?
La contrariedad es igualmente fuerte entre los milagros relatados por Heródoto o Plutarco y los transmitidos por Mariana, Beda o cualquier historiador monástico.
Los sabios conceden una fe muy académica a todo informe que favorece la pasión de quien lo transmite; ya sea que engrandezca a su país, a su familia o a sí mismo, o que de cualquier otro modo coincida con sus inclinaciones y propensiones naturales.
Pero ¿qué mayor tentación que la de aparecer como un misionero, un profeta, un embajador del cielo?
¿Quién no afrontaría muchos peligros y dificultades con el fin de alcanzar tan sublime condición?
O si, con la ayuda de la vanidad y de una imaginación febril, un hombre se ha convencido primero a sí mismo y ha entrado de lleno en el engaño, ¿quién duda jamás en servirse de fraudes piadosos para apoyar una causa tan santa y meritoria?