al origen de los mundos, a la economía del sistema intelectual o al reino de los espíritus, pueden azotar el aire durante mucho tiempo en sus inútiles polémicas y no llegar jamás a ninguna conclusión determinada. Pero si la cuestión se refiere a cualquier asunto de la vida común y de la experiencia, uno pensaría que nada podría mantener la disputa indecisa por tanto tiempo, a no ser ciertas expresiones ambiguas que mantienen a los antagonistas alejados e impiden que entren en combate cuerpo a cuerpo.
Esto ha ocurrido en la larga y disputada cuestión acerca de la libertad y la necesidad; y en un grado tan notable que, si no me equivoco mucho, veremos que todo el género humano, tanto el instruido como el ignorante, ha tenido siempre la misma opinión con respecto a este tema, y que unas pocas definiciones inteligibles habrían puesto fin inmediatamente a toda la controversia.
Confieso que esta disputa ha sido tan debatida por todas partes y ha conducido a los filósofos a un laberinto de sofística obscura, que no es de extrañar que un lector sensato se indulja en su comodidad hasta el punto de hacer oídos sordos a la propuesta de semejante cuestión, de la cual no puede esperar ni instrucción ni entretenimiento.
Pero el estado del argumento aquí propuesto tal vez sirva para renovar su atención, ya que tiene mayor novedad, promete al menos alguna decisión sobre la controversia y no perturbará mucho su comodidad con ningún razonamiento intrincado u obscuro.
Espero, por tanto, hacer ver que todos los hombres siempre han estado de acuerdo en la doctrina tanto de la necesidad como de la libertad, según cualquier sentido razonable que pueda darse a estos términos; y que toda la controversia ha girado hasta ahora meramente en torno a las palabras.
Comenzaremos examinando la doctrina de la necesidad.