presta atención a tales rumores hasta que los halla confirmados por alguna prueba mayor. ¿No inclinan las mismas pasiones, y otras aún más fuertes, a la generalidad de los hombres a creer y propagar, con la mayor vehemencia y seguridad, todos los milagros
En tercer lugar. Constituye una fuerte presunción en contra de todas las relaciones sobrenaturales y milagrosas el hecho de que se observe que abundan principalmente entre naciones ignorantes y bárbaras; o si un pueblo civilizado ha dado alguna vez cabida a alguna de ellas, se descubrirá que tal pueblo las ha recibido de antepasados ignorantes y bárbaros, quienes las transmitieron con esa sanción y autoridad inviolables que siempre acompañan a las opiniones recibidas. Cuando leemos las primeras historias de todas las naciones, somos propensos a imaginarnos transportados a algún mundo nuevo; donde toda la estructura de la naturaleza está dislocada, y cada elemento realiza sus operaciones de un modo diferente a como lo hace en la actualidad. Las batallas, las revoluciones, las pestes, las hambres y la muerte nunca son el efecto de aquellas causas naturales que experimentamos. Prodigios, presagios, oráculos, castigos, oscurecen por completo los pocos acontecimientos naturales que se hallan entremezclados con ellos. Pero a medida que los primeros van disminuyendo en cada página, en proporción a cómo avanzamos hacia las edades ilustradas, pronto aprendemos que no hay nada misterioso ni sobrenatural en el asunto, sino que todo proviene de la habitual propensión de la humanidad hacia lo maravilloso, y que, aunque esta inclinación pueda recibir intermitentemente un freno por parte de la sensatez y la erudición, jamás puede ser extirpada por completo de la naturaleza humana.
«Es extraño», es probable que diga un lector juicioso al leer a estos maravillosos historiadores, «que tales acontecimientos prodigiosos nunca ocurran en nuestros días».