Un copernicano o un ptolomaico, que defienden cada cual su diferente sistema de astronomía, pueden esperar producir una convicción que permanezca constante y duradera en su audiencia.
Un estoico o un epicúreo exponen principios que tal vez no sean duraderos, pero que ejercen un efecto sobre la conducta y el comportamiento.
Pero un pirrónico no puede esperar que su filosofía ejerza una influencia constante en la mente; o que, de hacerlo, tal influencia fuera beneficiosa para la sociedad.
Por el contrario, debe reconocer —si es que ha de reconocer algo— que toda la vida humana perecería si sus principios llegaran a imperar de manera universal y firme.
Todo discurso, toda acción cesaría de inmediato, y los hombres permanecerían en un letargo total hasta que las necesidades de la naturaleza, insatisfechas, pusieran fin a su miserable existencia.
Es verdad; un acontecimiento tan fatal es algo que debe temerse muy poco. La naturaleza siempre es demasiado fuerte para los principios.
Y aunque un pirrónico pueda sumir a los demás o a sí mismo en un asombro y una confusión momentáneos mediante sus profundos razonamientos, el primero y más trivial acontecimiento de la vida pondrá en fuga todas sus dudas y escrúpulos, y lo dejará idéntico, en cada punto de la acción y de la especulación, a los filósofos de cualquier otra secta, o a aquellos que jamás se han preocupado por ninguna investigación filosófica.
Cuando despierte de su sueño, será el primero en unirse a las burlas contra sí mismo y en confesar que todas sus objeciones son una mera diversión, y no pueden tener otra tendencia que mostrar la caprichosa