La existencia, por lo tanto, de cualquier ser sólo puede ser probada mediante argumentos basados en su causa o en su efecto; y estos argumentos se fundan enteramente en la experiencia. Si razonamos a priori, cualquier cosa puede parecer capaz de producir cualquier otra. La caída de un guijarro puede, que sepamos, extinguir el sol; o el deseo de un hombre controlar los planetas en sus órbitas. Es sólo la experiencia la que nos enseña la naturaleza y los límites de la causa y el efecto, y nos habilita para inferir la existencia de un objeto a partir de la de otro. Tal es el fundamento del razonamiento moral, el cual constituye la mayor parte del conocimiento humano y es la fuente de toda acción y conducta humanas.
Los razonamientos morales se refieren a hechos particulares o generales. Todas las deliberaciones de la vida atañen a los primeros; al igual que todas las indagaciones en historia, cronología, geografía y astronomía.
Las ciencias, que tratan de los hechos generales, son la política, la filosofía natural, la física, la química, etc., donde se investigan las cualidades, causas y efectos de toda una especie de objetos.
La divinidad o teología, en la medida en que prueba la existencia de una Divinidad y la inmortalidad de las almas, se compone en parte de razonamientos sobre hechos particulares y en parte sobre hechos generales. Tiene un fundamento en la razón, en la medida en que está respaldada por la experiencia. Pero su mejor y más sólido fundamento es la fe y la revelación divina.
La moral y la crítica no son tanto propiamente objetos del entendimiento como del gusto y del sentimiento.
La belleza, ya sea moral o natural, se siente más propiamente que se percibe. O si razonamos sobre ella, y nos esforzamos por fijar su norma, atendemos a un hecho nuevo, a saber, los gustos generales de la humanidad, o algún hecho semejante, que puede ser objeto de razonamiento e investigación.