Las cualidades obstinadas e intratables de la materia, se nos dice, o la observancia de leyes generales, o alguna razón semejante, son la única causa que controló el poder y la benevolencia de Júpiter, y le obligó a crear a la humanidad y a toda criatura sensible tan imperfectas y tan infelices. Estos atributos, por lo tanto, al parecer, se dan por sentados de antemano en su mayor latitud. Y sobre esa suposición, confieso que tales conjeturas pueden, tal vez, admitirse como soluciones plausibles de los malos fenómenos. Pero aun así pregunto: ¿Por qué dar por sentados estos atributos, o por qué atribuir a la causa ninguna cualidad que no sea la que aparece de hecho en el efecto? ¿Por qué devanarse los sesos para justificar el curso de la naturaleza basándose en suposiciones que, a lo que sabéis, pueden ser enteramente imaginarias y de las cuales no se encuentran rastros en el curso de la naturaleza?
La hipótesis religiosa, por lo tanto, debe considerarse únicamente como un método particular para dar cuenta de los fenómenos visibles del universo: pero ningún razonador justo presumirá jamás inferir de ella un solo hecho, ni alterar o añadir a los fenómenos en ningún detalle particular.
Si pensáis que las apariencias de las cosas prueban tales causas, os está permitido extraer una inferencia relativa a la existencia de dichas causas. En temas tan complejos y sublimes, a todos se les debe conceder la libertad de conjeturar y argumentar. Pero ahí debéis deteneros.
Si retrocedéis y, argumentando a partir de vuestras causas inferidas, concluís que algún otro hecho ha existido, o existirá, en el curso de la naturaleza, que pueda servir como una manifestación más completa de atributos particulares; debo advertiros que os habéis apartado del método de razonamiento propio del presente tema, y que ciertamente habéis añadido algo a los atributos de la causa más allá de lo que aparece en el efecto; de otro modo jamás podríais, con razonable sensatez o propiedad, añadir nada al efecto con el fin de hacerlo más digno de la causa.