oposición de experimentos y observaciones, en la que se halla que un lado contrabalancea al otro y produce un grado de evidencia proporcional a la superioridad. Cien instancias o experimentos de un lado y cincuenta de otro ofrecen una expectativa dudosa de cualquier acontecimiento; aunque cien experimentos uniformes, con uno solo que sea contradictorio, generan razonablemente un grado bastante fuerte de seguridad. En todos los casos, debemos sopesar los experimentos opuestos, cuando son opuestos, y deducir el número menor del mayor, con el fin de conocer la fuerza exacta de la evidencia superior.
Para aplicar estos principios a un caso particular; podemos observar que no hay especie de razonamiento más común, más útil e incluso necesaria para la vida humana que la que se deriva del testimonio de los hombres y de los informes de testigos presenciales y espectadores. Esta especie de razonamiento, tal vez, se pueda negar que esté fundada en la relación de causa y efecto. No voy a disputar sobre una palabra. Bastará con observar que nuestra seguridad en cualquier argumento de este tipo no se deriva de ningún otro principio que no sea nuestra observación de la veracidad del testimonio humano y de la conformidad habitual de los hechos con los informes de los testigos. Siendo una máxima general que ningún objeto tiene conexión alguna descubrible con otro, y que todas las inferencias que podemos extraer de uno a otro se fundan meramente en nuestra experiencia de su conjunción constante y regular, es evidente que no debemos hacer una excepción a esta máxima en favor del testimonio humano, cuya conexión con cualquier evento parece, en sí misma, tan poco necesaria como cualquier otra. Si la memoria no fuera tenaz hasta cierto punto, si los hombres no tuvieran comúnmente inclinación hacia la verdad y un principio de probidad; si no fueran sensibles a la vergüenza al ser descubiertos en una