Esta proposición, a saber, que las causas y los efectos no se descubren por la razón, sino por la experiencia, será admitida gustosamente respecto a aquellos objetos que recordamos nos fueron antes totalmente desconocidos; puesto que debemos ser conscientes de la absoluta incapacidad en la que entonces nos encontrábamos para prever lo que surgiría de ellos.
Presentad dos piezas lisas de mármol a un hombre que no tenga noción alguna de filosofía natural; jamás descubrirá que se adhieren de tal manera que se requiera una gran fuerza para separarlas en línea directa, mientras que oponen tan poca resistencia a una presión lateral.
Tales acontecimientos, que guardan poca analogía con el curso ordinario de la naturaleza, se reconoce también fácilmente que solo se conocen por la experiencia; ni nadie imagina que la explosión de la pólvora o la atracción de un imán puedan descubrirse jamás mediante argumentos a priori.
Del mismo modo, cuando se supone que un efecto depende de una maquinaria intrincada o de una estructura secreta de las partes, no tenemos dificultad en atribuir todo nuestro conocimiento del mismo a la experiencia. ¿Quién afirmará que puede dar la razón última de por qué la leche o el pan son un alimento adecuado para el hombre, y no para un león o un tigre?
Pero puede que a primera vista la misma verdad no parezca tener la misma evidencia con respecto a acontecimientos que nos han sido familiares desde nuestra primera aparición en el mundo, que guardan una estrecha analogía con todo el curso de la naturaleza y que se supone dependen de las cualidades simples de los objetos, sin ninguna estructura secreta de sus partes. Somos propensos a imaginar que podríamos descubrir estos efectos por la mera operación de nuestra razón, sin necesidad de experiencia.