antiguos por habitantes civilizados; pero si nada de esta naturaleza se le ocurriera, jamás podría formarse semejante inferencia. Aprendemos los acontecimientos de épocas pasadas por la historia; pero entonces debemos leer los volúmenes en los que se contiene esta instrucción, y desde allí remontar nuestras inferencias de un testimonio a otro, hasta llegar a los testigos presenciales y espectadores de estos lejanos acontecimientos.
En una palabra, si no procedemos basándonos en algún hecho, presente a la memoria o a los sentidos, nuestros razonamientos serían meramente hipotéticos; y por mucho que los eslabones particulares estuvieran conectados entre sí, toda la cadena de inferencias no tendría nada que la sustentara, ni podríamos jamás, por medio de ella, llegar al conocimiento de ninguna existencia real.
Si pregunto por qué crees en cualquier cuestión de hecho particular que relates, debes darme alguna razón; y esta razón será algún otro hecho, conectado con él.
Pero como no puedes proceder de esta manera in infinitum, debes terminar por fin en algún hecho, que esté presente a tu memoria o a tus sentidos; o debes admitir que tu creencia carece por completo de fundamento.
¿Cuál es, pues, la conclusión de todo el asunto? Una bien simple; aunque, debe confesarse, bastante alejada de las teorías comunes de la filosofía. toda creencia en una cuestión de hecho o existencia real se deriva meramente de algún objeto, presente a la memoria o a los sentidos, y de una conjunción habitual entre este y algún otro objeto. O en otras palabras: habiendo descubierto, en muchos casos, que dos clases de objetos cualesquiera —la llama y el calor, la nieve y el frío— siempre han estado unidos, si la llama o la nieve se presentan nuevamente a los sentidos, la mente es conducida por la costumbre a esperar calor o frío, y