Digo, pues, que, aun después de que tenemos experiencia de las operaciones de causa y efecto, nuestras conclusiones a partir de esa experiencia no están fundadas en el razonamiento ni en ningún proceso del entendimiento. Debemos esforzarnos en explicar y defender esta respuesta.
Debe admitirse sin duda que la naturaleza nos ha mantenido a gran distancia de todos sus secretos y solo nos ha proporcionado el conocimiento de unas pocas cualidades superficiales de los objetos, mientras que nos oculta aquellos poderes y principios de los cuales depende enteramente la influencia de dichos objetos.
Nuestros sentidos nos informan del color, el peso y la consistencia del pan; pero ni el sentido ni la razón pueden informarnos jamás de aquellas cualidades que lo hacen apto para la nutrición y el sustento del cuerpo humano.
La vista o el tacto transmiten una idea del movimiento real de los cuerpos; pero en cuanto a esa fuerza o poder maravillosos que mantendrían un cuerpo en movimiento para siempre en un cambio continuo de lugar, y que los cuerpos nunca pierden sino comunicándosela a otros, de esto no podemos formarnos ni la más remota concepción.
Pero a pesar de esta ignorancia de los poderes y principios naturales, siempre presumimos, cuando vemos cualidades sensibles similares, que tienen poderes secretos similares, y esperamos que de ellos se sigan efectos semejantes a los que hemos experimentado. Si se nos presenta un cuerpo de igual color y consistencia que aquel pan que hemos comido anteriormente, no dudamos en repetir el experimento y prevemos, con certeza, igual nutrición y sustento.