sola es jamás capaz de alcanzar. Esta variedad de términos, que puede parecer tan poco filosófica, tiene únicamente por objeto expresar aquel acto de la mente que hace que las realidades, o lo que se toma por tales, nos estén más presentes que las ficciones, hace que pesen más en el pensamiento y les confiere una influencia superior sobre las pasiones y la imaginación. Siempre que estemos de acuerdo en cuanto a la cosa, es innecesario discutir sobre los términos.
La imaginación tiene el mando sobre todas sus ideas, y puede unirlas, mezclarlas y variarlas de todas las maneras posibles.
Puede concebir objetos ficticios con todas las circunstancias de lugar y tiempo. Puede ponerlos, por decirlo así, ante nuestros ojos, con sus verdaderos colores, tal como habrían podido existir.
Pero como es imposible que esta facultad de la imaginación alcance jamás, por sí misma, la creencia, es evidente que la creencia no consiste en la naturaleza o el orden peculiares de las ideas, sino en el modo de su concepción y en su sentir ante la mente.
Confieso que es imposible explicar a la perfección este sentimiento o modo de concepción. Podemos emplear palabras que expresen algo cercano a él. Pero su nombre verdadero y propio, como observamos antes, es la creencia; término que todo el mundo comprende suficientemente en la vida común.
Y en filosofía, no podemos ir más allá de afirmar que la creencia es algo sentido por la mente, que distingue las ideas del juicio de las ficciones de la imaginación. Les otorga mayor peso e influencia; hace que parezcan de mayor importancia; las impone con fuerza en la mente, y las convierte en el principio rector de nuestras acciones.