En vano esperamos que los hombres, tras frecuentes desengaños, abandonen al fin tales ciencias vanas y descubran el legítimo dominio de la razón humana.
Pues, además de que muchas personas encuentran un interés demasiado sensible en recordar perpetuamente tales temas; además de esto, digo, el motivo de la ciega desesperación jamás puede tener cabida razonable en las ciencias; puesto que, por muy infructuosos que hayan resultado los intentos anteriores, aún queda espacio para esperar que la laboriosidad, la buena fortuna o la agudeza mejorada de las generaciones sucesivas alcancen descubrimientos desconocidos para las edades pasadas.
Cada genio aventurero seguirá lanzándose hacia el arduo premio, y se hallará estimulado, más que desanimado, por los fracasos de sus predecesores; al tiempo que espera que la gloria de llevar a cabo una empresa tan difícil esté reservada para él solo.
El único método para librar de una vez el saber de estas cuestiones abstrusas es examinar seriamente la naturaleza del entendimiento humano y demostrar, a partir de un análisis exacto de sus poderes y su capacidad, que de ningún modo está preparado para asuntos tan remotos y abstrusos.
Debemos someternos a este esfuerzo para vivir en paz en adelante; y debemos cultivar la verdadera metafísica con cierto cuidado para destruir la falsa y adulterada.
La indolencia, que a algunas personas les sirve de salvaguarda contra esta engañosa filosofía, se ve contrapesada en otras por la curiosidad; y la desesperación, que en ciertos momentos prevalece, puede dar paso después a esperanzas y expectativas optimistas. Un raciocinio exacto y justo es el único remedio universal, apto para todas las personas y todas las disposiciones; y es el único capaz de