responsable de ellas; y como no procedieron de nada en ella que sea duradero y constante, ni dejan nada de esa naturaleza tras de sí, es imposible que, a causa de ellas, pueda convertirse en objeto de castigo o venganza. De acuerdo con el principio, por lo tanto, que niega la necesidad y, consecuentemente, las causas, un hombre es tan puro e inmaculado, después de haber cometido el más horrendo crimen, como en el primer momento de su nacimiento, ni su carácter se ve afectado en modo alguno por sus acciones, ya que estas no se derivan de aquel, y la maldad de las unas jamás puede usarse como prueba de la depravación del otro.
No se censura a los hombres por aquellas acciones que realizan por ignorancia y por casualidad, cualesquiera que sean las consecuencias. ¿Por qué razón? Sino porque los principios de estas acciones son meramente pasajeros y terminan en ellas mismas.
Se censura menos a los hombres por las acciones que realizan de forma precipitada y sin premeditación que por aquellas que provienen de la deliberación. ¿Por qué motivo? Sino porque un carácter precipitado, aunque sea una causa o principio constante en la mente, opera solo a intervalos y no infecta todo el carácter.
Asimismo, el arrepentimiento borra cualquier crimen, si va acompañado de una reforma de vida y costumbres. ¿Cómo se explica esto? Sino afirmando que las acciones vuelven criminal a una persona meramente en tanto que son pruebas de principios criminales en la mente; y cuando, mediante una alteración de estos principios, dejan de ser pruebas justas, asimismo dejan de ser criminales. Pero, excepto bajo la doctrina de la necesidad, nunca fueron pruebas justas y, consecuentemente, nunca fueron criminales.
Será igualmente fácil probar, y con los mismos argumentos, que la libertad, según dicha definición en la que todos los hombres están de