una salud vigorosa y florida, requieren un ejercicio severo y obtienen placer de lo que, para la generalidad de la humanidad, puede parecer pesado y laborioso. La oscuridad, en verdad, es penosa para la mente tanto como para el ojo; pero sacar la luz de la oscuridad, a costa de cualquier esfuerzo, no puede sino resultar deleitoso y regocijante.
Pero esta oscuridad en la filosofía profunda y abstracta es objetada, no solo por resultar penosa y fatigante, sino como fuente inevitable de incertidumbre y error.
Aquí radica, en efecto, la objeción más justa y plausible contra una parte considerable de la metafísica: que no constituye propiamente una ciencia, sino que surge ya sea de los vanos esfuerzos de la vanidad humana, que pretendería penetrar en temas totalmente inaccesibles para el entendimiento, o de la astucia de las supersticiones populares que, al no poder defenderse en un terreno neutral, alzan estas zarzas enmarañadas para ocultar y proteger su debilidad.
Expulsados del campo abierto, estos bandidos huyen al bosque y acechan para irrumpir por cualquier vía desprotegida de la mente, abrumándola con temores y prejuicios religiosos.
El más firme de los antagonistas, si relaja su vigilancia un instante, es subyugado. Y muchos, por cobardía y necedad, abren las puertas a los enemigos y los reciben de buena gana, con reverencia y sumisión, como a sus legítimos soberanos.
¿Pero es ésta una razón suficiente para que los filósofos desistan de tales investigaciones y dejen todavía a la superstición en posesión de su retiro? ¿No es propio sacar una conclusión opuesta y percibir la necesidad de llevar la guerra hasta los más secretos escondites del enemigo?