somos inducidos a esperar efectos similares a aquellos que hemos encontrado que siguen a tales objetos. Y aunque nadie sino un loco o un demente pretenderá jamás disputar la autoridad de la experiencia, o rechazar esa gran guía de la vida humana, ciertamente se le puede permitir a un filósofo tener al menos la curiosidad suficiente como para examinar el principio de la naturaleza humana que otorga esta poderosa autoridad a la experiencia y hace que saquemos provecho de esa semejanza que la naturaleza ha dispuesto entre los diferentes objetos.
De causas que parecen similares esperamos efectos similares. Este es el resumen de todas nuestras conclusiones experimentales.
Ahora bien, parece evidente que, si esta conclusión fuera formada por la razón, sería tan perfecta desde el principio, y a partir de un solo caso, como después de la más larga experiencia. Pero el caso es muy distinto.
No hay nada que se parezca tanto como los huevos; sin embargo, nadie, debido a esta semejanza aparente, espera el mismo sabor y gusto en todos ellos. Solo tras una larga serie de experimentos uniformes de cualquier tipo alcanzamos una firme confianza y seguridad respecto a un acontecimiento particular.
Ahora bien, ¿dónde está ese proceso de razonamiento que, a partir de un solo caso, extrae una conclusión tan diferente del que infiere a partir de cien casos que en nada difieren de ese único caso?
Esta pregunta la propongo tanto en aras de la instrucción, como con la intención de plantear dificultades.
No puedo encontrar, no puedo imaginar ningún razonamiento de este tipo. Pero mantengo aún mi mente abierta a la instrucción, si alguien se digna a concedérmela.