No queda ya ningún medio de detección, sino aquellos que deben extraerse del testimonio mismo de los narradores: y estos, aunque siempre suficientes para los juiciosos y entendidos, son por lo común demasiado sutiles como para caer bajo la comprensión del vulgo.
Por lo tanto, en conjunto, resulta que ningún testimonio de clase alguna de milagro ha alcanzado jamás la categoría de probabilidad, y mucho menos la de prueba; y que, aun suponiendo que alcanzara la de prueba, se vería opuesto por otra prueba, derivada de la naturaleza misma del hecho que pretendería establecer.
Es solo la experiencia la que otorga autoridad al testimonio humano; y es esa misma experiencia la que nos asegura las leyes de la naturaleza. Cuando, por consiguiente, estas dos clases de experiencia son contrarias, no nos queda más remedio que restar la una de la otra, y abrazar una opinión, ya sea en un sentido o en el otro, con la certeza que surge del remanente.
Pero según el principio aquí explicado, esta sustracción, con respecto a todas las religiones populares, equivale a una aniquilación total; y por lo tanto podemos establecer como máxima que ningún testimonio humano puede tener la fuerza suficiente como para probar un milagro y constituir un fundamento justo para semejante sistema religioso.
Ruego que se adviertan las limitaciones aquí establecidas, cuando digo que un milagro jamás puede ser probado de tal manera que constituya el fundamento de un sistema de religión. Pues reconozco que, por lo demás, es posible que existan milagros, o violaciones del curso habitual de la naturaleza, de una índole tal que admitan prueba a partir del testimonio humano; aunque, tal vez, sea imposible hallar alguno semejante en todos los registros de la historia.