Pero los medios mediante los cuales esto se efectúa; la energía con la que la voluntad realiza una operación tan extraordinaria; de esto estamos tan lejos de ser inmediatamente conscientes, que ha de escapar para siempre a nuestra más diligente investigación.
Para empezar; ¿hay algún principio en toda la naturaleza más misterioso que la unión del alma con el cuerpo, por el cual una supuesta sustancia espiritual adquiere tal influencia sobre una material, que el pensamiento más refinado es capaz de poner en movimiento a la materia más densa?
Si estuviéramos facultados, mediante un deseo secreto, para mover montañas o controlar los planetas en su órbita; esta inmensa autoridad no sería más extraordinaria, ni estaría más fuera de nuestra comprensión.
Pero si mediante la conciencia percibiéramos algún poder o energía en la voluntad, tendríamos que conocer este poder; tendríamos que conocer su conexión con el efecto; tendríamos que conocer la unión secreta del alma y el cuerpo, y la naturaleza de ambas sustancias, por las cuales la una es capaz de operar, en tantos casos, sobre la otra.
En segundo lugar, no somos capaces de mover todos los órganos del cuerpo con idéntica autoridad; aunque no podemos aducir ninguna razón, aparte de la experiencia, para explicar una diferencia tan notable entre unos y otros. ¿Por qué ejerce la voluntad su influencia sobre la lengua y los dedos, y no sobre el corazón o el hígado? Esta pregunta jamás nos pondría en un apuro si fuéramos conscientes de un poder en el primer caso y no en el segundo. Percibiríamos entonces, independientemente de la experiencia, por qué la autoridad de la voluntad sobre los órganos del cuerpo está circunscrita a límites tan particulares. Estando en ese caso plenamente familiarizados con el poder o la fuerza mediante la cual opera, sabríamos también por qué su influencia llega precisamente hasta tales fronteras, y no más allá.
Un hombre, repentinamente atacado de parálisis en la pierna o en el brazo, o que hubiera perdido recientemente dichos miembros, se