Existe, en verdad, un escepticismo más mitigado o filosofía académica, que puede ser tanto duradero como útil, y que puede ser, en parte, el resultado de este pirronismo o escepticismo excesivo, cuando sus dudas indiscriminadas son corregidas en cierta medida por el sentido común y la reflexión.
La mayor parte de los hombres son naturalmente propensos a ser afirmativos y dogmáticos en sus opiniones; y como solo ven los objetos por un lado y no tienen idea de ningún argumento contrapuesto, se precipitan irreflexivamente en los principios hacia los cuales se sienten inclinados, sin mostrar ninguna indulgencia hacia quienes abrigan sentimientos opuestos.
Titubear o dudar perplexiona su entendimiento, frena su pasión y suspende su acción. Están, por tanto, impacientes hasta que escapan de un estado que para ellos es tan incómodo; y piensan que nunca podrán alejarse lo suficiente de él mediante la violencia de sus afirmaciones y la obstinación de su creencia.
Pero si tales razonadores dogmáticos pudieran cobrar conciencia de las extrañas flaquezas del entendimiento humano, aun en su estado más perfecto, y cuando es más preciso y cauto en sus determinaciones; semejante reflexión les inspiraría naturalmente más modestia y reserva, y disminuiría su excesiva opinión de sí mismos y su prejuicio contra los antagonistas. Los incultos pueden reflexionar sobre la disposición de los eruditos, quienes, en medio de todas las ventajas del estudio y la reflexión, por lo general siguen siendo desconfiados en sus determinaciones; y si alguno de los eruditos se inclinara, por su temperamento natural, a la altivez y a la