acompaña a tal ocupación, las decisiones filosóficas no son sino las reflexiones de la vida común, metódicas y corregidas. Pero nunca se verán tentados a ir más allá de la vida común, en tanto que consideren la imperfección de aquellas facultades de que se sirven, su corto alcance y sus operaciones inexactas.
Si bien no podemos dar una razón satisfactoria de por qué creemos, después de mil experimentos, que una piedra caerá o el fuego quemará, ¿podremos jamás satisfacernos en cuanto a cualquier determinación que podamos tomar con respecto al origen de los mundos y la situación de la naturaleza, desde y hasta la eternidad?
En verdad, esta estrecha limitación de nuestras investigaciones es, en todos los aspectos, tan razonable, que basta con hacer el más ligero examen de las facultades naturales de la mente humana y compararlas con sus objetos, para recomendárnosla.
Hallaremos entonces cuáles son los verdaderos temas de la ciencia y de la investigación.
Me parece que los únicos objetos de la ciencia abstracta o de la demostración son la cantidad y el número, y que todos los intentos de extender esta especie más perfecta de conocimiento más allá de estos límites son mera sofistería e ilusión.
Como las partes componentes de la cantidad y del número son enteramente similares, sus relaciones se vuelven intrincadas y enredadas; y nada puede ser más curioso, así como útil, que rastrear, mediante una variedad de medios, su igualdad o desigualdad, a través de sus diferentes apariencias.
Pero como todas las demás ideas son claramente distintas y diferentes entre sí, nunca podremos avanzar más, por mucho que examinemos, que