Pero no tiene nada de extraño, espero, que los hombres mientan en todas las épocas. Seguro que habéis visto suficientes ejemplos de esa debilidad. Vos mismo habéis oído relatar muchas de esas maravillosas historias que, tras ser tratadas con desdén por todos los sabios y juiciosos, han terminado por ser abandonadas incluso por el vulgo. Estad seguro de que esas mentiras célebres, que se han extendido y florecido hasta alcanzar una altura monstruosa, surgieron de principios semejantes; pero, al ser sembradas en un terreno más propicio, brotaron al fin convertidas en prodigios casi iguales a aquellos que relatan.
Fue una sabia política en aquel falso profeta, Alejandro, que aunque hoy olvidado, fue en otro tiempo tan famoso, situar el primer escenario de sus imposturas en Paflagonia, donde, como nos cuenta Luciano, la gente era sumamente ignorante y estúpida, y estaba dispuesta a tragarse hasta el más grosero de los engaños.
Las personas a distancia, que son lo suficientemente ingenuas como para considerar que el asunto merece alguna investigación, no tienen oportunidad de recibir mejor información. Las historias les llegan magnificadas por cien circunstancias. Los necios se afanan en propagar la impostura; mientras que los sabios y eruditos se contentan, por lo general, con derrochar burla ante su absurdo, sin informarse de los hechos particulares mediante los cuales puede ser refutada con claridad.
Y así, el impostor antes mencionado pudo pasar de sus ignorantes paflagonios a reclutar devotos incluso entre los filósofos griegos y los hombres de más encumbrado rango y distinción en Roma; es más, logró captar la atención de aquel prudente emperador Marco Aurelio, hasta el punto de hacerle confiar el éxito de una expedición militar en sus profecías engañosas.
Las ventajas de iniciar una impostura entre un pueblo ignorante son tan grandes que, aun cuando el engaño sea demasiado basto como para