Pues así como un hombre que hizo explotar una mina es responsable de todas las consecuencias, ya sea que la línea de mecha que empleó sea larga o corta; del mismo modo, dondequiera que se fija una cadena continua de causas necesarias, aquel Ser, ya sea finito o infinito, que produce la primera, es asimismo el autor de todas las demás, y debe cargar tanto con la culpa como adquirir el elogio que les
Nuestras claras e inalterables ideas de la moralidad establecen esta regla, por razones indiscutibles, cuando examinamos las consecuencias de cualquier acción humana; y estas razones deben tener aún mayor fuerza cuando se aplican a las voliciones e intenciones de un Ser infinitamente sabio y poderoso.
Puede alegarse la ignorancia o la impotencia en favor de una criatura tan limitada como el hombre; pero esas imperfecciones no tienen cabida en nuestro Creador. Él previó, dispuso e intentó todas aquellas acciones de los hombres que nosotros calificamos tan precipitadamente como criminales. Y debemos concluir, por consiguiente, o bien que no son criminales, o bien que la Divinidad, y no el hombre, es responsable de ellas.
Mas como cualquiera de estas posturas es absurda e impía, se sigue que la doctrina de la que se deducen no puede ser verdadera de ningún modo, por estar expuesta a las mismas objeciones. Una consecuencia absurda, de ser necesaria, prueba que la doctrina original es absurda; del mismo modo que las acciones criminales vuelven criminal a la causa originaria, si la conexión entre ambas es necesaria e inevitable.
Esta objeción consta de dos partes, que examinaremos por separado; Primera , que, si las acciones humanas pueden remontarse, mediante una cadena necesaria, hasta la Divinidad, jamás pueden ser criminales; debido