Esta lista no es ciertamente completa; es obvio que el castigo está sobrecargado de utilidades de todo tipo. Esto hace que sea tanto más admisible eliminar una supuesta utilidad, que pasa, al menos en la mente popular, por su utilidad más esencial, y que es justo la que incluso ahora proporciona el apoyo más fuerte a esa fe en el castigo que hoy en día, por muchas razones, vacila.
Se supone que el castigo tiene el valor de excitar en el culpable la conciencia de culpabilidad; en el castigo se busca el instrumentum adecuado de esa reacción psíquica que se da a conocer como «mala conciencia», «remordimiento». Pero esta teoría es ya, desde el punto de vista del presente, una violación de la realidad y de la psicología; ¡y cuánto más lo es cuando tenemos que habérnoslas con el período más largo de la historia del hombre, su historia primitiva!
El remordimiento genuino es, desde luego, extremadamente raro entre los malhechores y las víctimas del castigo; las prisiones y las casas de corrección no son el terreno en el que este gusano del remordimiento pulula por preferencia; esta es la opinión unánime de todos los observadores concienzudos, que en muchos casos llegan a tal juicio con bastante reticencia y en contra de sus propios deseos personales.
Hablando en general, el castigo endurece y entumece, produce concentración, agudiza la conciencia de alienación, fortalece el poder de resistencia. Cuando sucede que quebranta la energía del hombre y provoca un abatimiento lastimoso y una abyección, semejante resultado es por cierto aún menos saludable que el efecto medio del castigo, el cual se caracteriza por una obstinación dura y siniestra.
El pensamiento de esos milenios prehistóricos nos lleva a la conclusión inconmovible de que fue precisamente mediante el castigo como se frenó