Y ahora, después de haber avistado al sacerdote ascético, acometemos nuestro problema. ¿Qué significa el ideal ascético? Solo ahora se vuelve serio —seriamente vital—. Nos encontramos ahora ante los verdaderos representantes de lo serio. «¿Qué significa toda seriedad?»: esta pregunta, todavía más radical, quizás ya nos queme en la lengua; una pregunta, a decir verdad, para fisiólogos, pero que por el momento soslayamos. En ese ideal, el sacerdote ascético encuentra no solo su fe, sino también su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a la existencia se sostiene y se viene abajo con ese ideal. ¿Qué tiene de extraño que aquí tropecemos con un adversario terrible (bajo el supuesto, por supuesto, de que somos los adversarios de ese ideal), un adversario que lucha por su vida contra quienes repudian ese ideal? …
Por otra parte, desde un principio es improbable que una actitud tan parcial hacia nuestro problema le haga ningún bien en particular; el sacerdote ascético difícilmente demostrará ser el campeón más feliz de su propio ideal (según el mismo principio por el cual una mujer suele fracasar cuando quiere abogar por «la mujer»)—por no hablar de que resulte ser el crítico y juez más objetivo de la controversia aquí planteada. Por lo tanto—esto ya resulta obvio—, más bien tendremos que ayudarle de verdad a defenderse debidamente contra nosotros, que temer que él nos derrote con demasiada contundencia.
La idea, que es el tema de esta disputa, es el valor de nuestra vida desde el punto de vista de los sacerdotes ascéticos: esta vida, pues (junto con el todo del que forma parte, «la Naturaleza», «el mundo», toda la esfera del devenir y del perecer), es situada por ellos en relación con una existencia de carácter totalmente distinto, a la que excluye y a la que se opone, a menos que se niegue a sí misma: en este caso, el del estilo de vida ascético, la vida es tomada como un puente hacia otra existencia.