Llegados a este punto, resulta imposible soslayar la ulterior cuestión de qué tenía realmente que ver él con aquel rústico varonil (¡ay, tan poco varonil!), aquel pobre diablo e infeliz de Parsifal, a quien finalmente convirtió en católico mediante ardides tan fraudulentos. ¿Cómo? ¿Acaso se pretendía que este Parsifal fuera verdaderamente tomado en serio? Uno podría sentirse tentado a suponer lo contrario, incluso a desearlo —que el Parsifal wagneriano hubiera sido concebido con alegría, a modo de obra final de una trilogía o drama satírico, en el cual el tragediógrafo Wagner deseaba despedirse de nosotros, de sí mismo y, ante todo, de la tragedia, y hacerlo de un modo bien oportuno y digno, es decir, con un derroche de la más extrema y frívola parodia de lo trágico en sí, del espantoso seriedad terrenal y de la cuita terrenal de antaño—, una parodia de aquella fase más burda en la desnaturalización del ideal ascético que al fin había sido superada. Eso, como he dicho, habría sido muy digno de un gran tragediógrafo, quien, al igual que todo artista, solo alcanza la cúspide suprema de su grandeza cuando puede contemplar su propio interior y su arte, cuando es capaz de reírse de sí mismo. ¿Es acaso el Parsifal de Wagner su risa secreta de superioridad sobre sí mismo, el triunfo de esa suprema libertad artística y trascendencia artística que por fin ha alcanzado? Podríamos, repito, desear que así fuera, pues, ¿en qué puede quedar resumido el Parsifal, tomado en serio?
¿Es realmente necesario ver en ella (según una expresión que se usó una vez en mi contra) el producto de un odio demencial hacia el saber, el espíritu y la carne? > ¿Una maldición sobre la carne y el espíritu en una sola ráfaga de odio? ¿Una apostasía y una regresión a los ideales cristianos enfermizos y oscurantistas? Y, finalmente, ¿una autonegación y autoeliminación por parte de un