¿O acaso sea su misión la de ser enfermeros o médicos? Pero no podrían malinterpretar ni desconocer más groseramente su misión: lo superior no debe degradarse para convertirse en herramienta de lo inferior; el pathos de la distancia debe mantener apartadas por toda la eternidad también sus respectivas misiones. El derecho de los felices a la existencia, el derecho de las campanas de tono pleno por encima de las campanas cascadas y discordantes, es por cierto mil veces mayor: solo ellos son las garantías del porvenir, solo ellos están vinculados al futuro del hombre. ¡Lo que ellos pueden, lo que deben hacer, eso no podrán jamás hacerlo los enfermos, no deben hacerlo jamás!; mas si se les ha de permitir hacer lo único que deben hacer, ¿cómo van a tener la libertad de hacer de médicos, de consoladores, de «salvadores» de los enfermos?… ¡Y por eso, aire puro! ¡aire puro!, ¡y fuera, al menos, de la vecindad de todos los manicomios y hospitales de la civilización! ¡Y por eso, buena compañía, nuestra propia compañía, o la soledad, si es menester! ¡pero fuera, al menos, de los vapores malignos de la corrupción interior y del secreto estado carcomido de los enfermos!, ¡para que podamos defendernos, amigos míos, al menos todavía por un tiempo, de las dos peores plagas que se nos habrían podido reservar: contra la gran náusea ante el hombre!, ¡contra la gran compasión por el hombre!
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