Hay en el mismo libro, Aforismo 12, una explicación sobre el peso de la impopularidad bajo el cual tuvo que vivir la primera raza de hombres contemplativos: ¡despreciados casi de forma tan generalizada como al principio temidos! La contemplación apareció por primera vez en la tierra bajo un aspecto disimulado, en una forma ambigua, con un corazón malvado y a menudo con una cabeza intranquila: no hay duda de ello. El elemento inactivo, caviloso y poco guerrero de los instintos de los hombres contemplativos los envolvió durante mucho tiempo en un halo de sospecha; la única manera de combatir esto era despertar un miedo definido. ¡Y los antiguos brahmanes, por ejemplo, sabían perfectamente cómo lograrlo!
Los filósofos más antiguos estaban muy versados en dar a su propia existencia y apariencia significado, firmeza, trasfondo, en virtud de lo cual los hombres aprendieron a temerles; considerado con mayor precisión, hacían esto por una necesidad aún más fundamental, la necesidad de infundirse a sí mismos temor y autorrespeto. Pues hallaban aun en sus propias almas todas las valoraciones vueltas contra sí mismos; tenían que combatir toda clase de sospecha y antagonismo contra «el elemento filosófico en sí mismos». Siendo hombres de una época terrible, hacían esto con medios terribles: crueldad consigo mismos, ingeniosa mortificación —este era el método principal de estos ambiciosos ermitaños y revolucionarios intelectuales, que se veían obligados a doblegar los dioses y las tradiciones de su propia alma, para poder creer en su propia revolución—. Recuerdo la famosa historia del rey Vicvamitra, quien, como resultado de mil años de automartirio, alcanzó tal conciencia de poder y tal confianza en sí mismo que se atrevió a construir un nuevo cielo: el siniestro símbolo de la historia más antigua y más nueva de la filosofía en el mundo entero. Todo aquel que haya