Homero hubiera sido un Aquiles o si Goethe hubiera sido un Fausto. Un artista completo y perfecto está separado por toda la eternidad de lo «real», de lo actual; por otra parte, se comprenderá que a veces pueda cansarse hasta la desesperación de esta eterna «irrealidad» y falsedad de su ser más íntimo, y que entonces intente a veces transgredir el terreno más prohibido, la realidad, e intente tener una existencia real.
¿Con qué éxito? El éxito puede adivinarse: es la habitual veleidad del artista; la misma veleidad de la que Wagner fue víctima en su vejez, y por la que tuvo que pagar un precio tan alto y tan fatal (perdió con ello a sus amigos más valiosos). Pero, al fin y al cabo, aparte por completo de esta veleidad, ¿quién no desearía enfáticamente, por el propio bien de Wagner, que se hubiera despedidos de nosotros y de su arte de otro modo, no con un Parsifal, sino en un estilo más victorioso, más seguro de sí mismo, más wagneriano —un estilo menos engañoso, un estilo menos ambiguo con respecto a todo su significado, menos schopenhaueriano, menos nihilista?— …