perfumados de mundo de la historia, una cosa mitad sacerdote, mitad sátiro (Renan parfum), que delata por el alto y chillón falsete de su aplauso lo que le falta y dónde le falta, que delata dónde han afilado en este caso las Parcas sus espantosas tijeras, ¡ay!, ¡de un modo demasiado parecido al de un cirujano! Esto me disgusta e irrita mi paciencia; manténgase paciente ante tales espectáculos quien no tenga nada que perder con ello —semejante espectáculo me enfurece, semejantes espectadores me amargan la «obra» incluso más que la obra misma (la historia misma, se entiende); estados de ánimo anacreónticos se apoderan imperceptiblemente de mí. Esta Naturaleza, que dio al novillo su cuerno, al león su χάσμ’ ὀδοντων, ¿con qué propósito me dio el pie? —¡Para patear, por San Anacreonte, y no meramente para huir! ¡Para pisotear todas las carcomidas «cátedras», a los cobardes contempladores, a los lascivos eunucos de la historia, a los coquetos con los ideales ascéticos, a los justos hipócritas de la impotencia! ¡Todo respeto por mi parte hacia el ideal ascético, en la medida en que sea honorable! ¡Mientras crea en sí mismo y no nos gaste bromas pesadas! Pero no me gustan todos estos bichos coquetos que tienen una ambición insaciable de oler a infinito, hasta que al final el infinito huele a bichos; no me gustan los sepulcros blanqueados con su teatral reproducción de la vida; no me gustan los cansados y gastados que se envuelven en sabiduría y se muestran «objetivos»; no me gustan los agitadores disfrazados de héroes que ocultan sus cabezas de maniquí tras el señuelo de un ideal; no me gustan los artistas ambiciosos que quisieran hacer de ascetas y sacerdotes y que en el fondo no son más que payasos trágicos; no me gustan tampoco estos novísimos especuladores del idealismo, los antisemitas, que hoy en día ponen los ojos en blanco a la moda patentada del cristiano-ario-hombre-de-bien y, mediante el abuso de actitudes moralistas y trucos de agitación tan baratos como para agotar cualquier paciencia, se esfuerzan por excitar a todos los elementos zafios del populaje (el éxito invariable de toda clase de charlatanería intelectual en la Alemania de hoy está ligado a la casi indiscutible y ya bastante palpable desolación del
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