Medido siempre por el rasero de la antigüedad (antigüedad que, por lo demás, se da en todas las épocas o vuelve a ser posible en ellas), la comunidad mantiene con sus miembros esa importante y radical relación del acreedor con sus «deudores».
El hombre vive en comunidad, el hombre disfruta de las ventajas de una comunidad (¡y qué ventajas!, hoy en día las subestimamos a veces), el hombre vive protegido, amparado, en paz y confianza, seguro frente a ciertas ofensas y enemistades a las que está expuesto el hombre de fuera de la comunidad, el hombre «carente de paz» —un alemán comprende el sentido originario de «Elend» (êlend)—, seguro porque ha contraído prendas y obligaciones con la comunidad precisamente respecto a estas ofensas y enemistades.
¿Qué pasa cuando esto no es así? La comunidad, el acreedor defraudado, se hará pagar a sí misma como bien pueda, de eso se puede estar seguro. En este caso, la cuestión del daño directo causado por el infractor es totalmente subsidiaria: al margen de esto, el criminal es ante todo un quebrantador, un quebrantador de la palabra y del pacto con el conjunto, en lo que respecta a todas las ventajas y comodidades de la vida comunitaria en la que hasta entonces había participado. El criminal es un «deudor» que no solo no devuelve los adelantos y las ventajas que se le han concedido, sino que además se propone atacar a su acreedor: en consecuencia, en el futuro no solo se ve privado, como es justo, de todas estas ventajas y comodidades, sino que además se le recuerda la importancia de tales ventajas.
La cólera del acreedor ofendido, de la comunidad, lo devuelve a ese estado salvaje y proscrito del que antes estaba protegido: la comunidad lo repudia, y ahora toda clase de enemistad puede descargarse en él. El