buenos, los justos», así hablan, «nosotros solos somos los homines bonae voluntatis». Merodean en medio de nosotros como reproches vivientes, como advertencias para nosotros—como si la salud, la aptitud, la fuerza, el orgullo, la sensación de poder fueran realmente cosas viciosas en sí mismas, por las cuales uno tuviera algún día que hacer penitencia, amarga penitencia. ¡Oh, cuán dispuestos están ellos mismos en sus corazones a exigir penitencia, cómo sedientan por actuar de verdugos!
Entre ellos abunda una caterva de vengativos disfrazados de jueces, que no cesan de mascar la palabra rectitud como un esputo venenoso; con la boca, digo, siempre fruncida, siempre dispuesta a escupir contra todo lo que no presente un aspecto descontento, sino que marcha por la vida con buen ánimo. Entre ellos se halla, asimismo, esa especie sumamente repugnante de los vanidosos, los abortos mentirosos, empeñados en representar a las «almas bellas» y, tal vez, en ofrecer al mercado como «pureza de corazón» su sensualidad deforme envuelta en versos y otras vendas; la especie de los «autoconsoladores» y masturbadores de sus propias almas. La voluntad del enfermo de representar una u otra forma de superioridad, su instinto para los caminos tortuosos que conducen a la tiranía sobre los sanos; ¿dónde no se la encuentra, esta voluntad de poder de los más débiles? La mujer enferma, sobre todo: nadie la supera en los refinamientos para mandar, oprimir y tiranizar. La mujer enferma, además, no perdona nada vivo ni nada muerto; desentierra de nuevo lo más sepultado (los bogos dicen: «La mujer es una hiena»). Mirad el fondo de cualquier familia, de cualquier persona, de cualquier comunidad: por todas partes la lucha de los enfermos contra los sanos; una lucha silenciosa las más de las veces, a base de diminutos polvos venenosos, de alfilerazos, de maliciosas muecas de paciencia, mas a veces