un sentido, y de ahí en adelante ya no fue como una hoja en el viento, un volante de juguete del azar, del sinsentido, ahora podía «querer» algo—absolutamente indiferente a qué fin, con qué propósito, con qué medios deseara: la voluntad misma quedó salvada. Es absolutamente imposible disimular lo que de hecho pone de manifiesto toda voluntad completa que ha tomado su dirección del ideal ascético: este odio a lo humano, y aún más a lo animal, y más todavía a lo material, este horror a los sentidos, a la razón misma, este miedo a la felicidad y a la belleza, este deseo de apartarse por completo de toda ilusión, cambio, crecimiento, muerte, de desear y aun de anhelar—todo esto significa —tengamos el valor de comprenderlo— una voluntad de Nada, una voluntad opuesta a la vida, un repudio de las condiciones más fundamentales de la vida, ¡pero es y sigue siendo una voluntad!—y para decir al final lo que dije al principio—el hombre preferirá desear la Nada antes que no desear en absoluto.
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