Permítame decir lo que pienso en un caso como este, que tiene muchos elementos dolorosos —y es un caso típico—: es sin duda preferible separar a un artista de su obra con tanta radicalidad que no se le tome tan en serio como a su obra.
Él no es al fin y al cabo más que la condición previa de su obra, el seno, el suelo, en ciertos casos el estiércol y el abono, sobre los que y a partir de los cuales crece —y por consiguiente, en la mayoría de los casos, algo que hay que olvidar si se quiere disfrutar de la obra misma.
La comprensión del origen de una obra es asunto de psicólogos y vivisectores, mas nunca, ni en el presente ni en el futuro, de los estetas, de los artistas.
Al autor y creador de Parsifal no se le ahorró en absoluto la necesidad de sumergirse y vivir en las terribles profundidades y cimientos de los contrastes del alma medieval, ni la necesidad de una abstracción maligna de toda elevación, severidad y disciplina intelectual, ni la necesidad de una especie de perversidad mental (si el lector me perdona tal palabra), del mismo modo que a una mujer embarazada no se le ahorran los horrores y las maravillas del embarazo, los cuales, como he dicho, deben olvidarse si se ha de disfrutar del niño.
Debemos guardarnos de la confusión en la que el artista mismo caería con demasiada facilidad (empleando la terminología inglesa) debido a la «contigüidad» psicológica; como si el artista mismo fuera en realidad el objeto que es capaz de representar, imaginar y expresar. De hecho, la situación es tal que, incluso si se hubiera considerado a sí mismo como tal objeto, ciertamente no lo habría representado, concebido ni expresado. Homero no habría creado un Aquiles, ni Goethe un Fausto, si