entonces, oh querido, se halla unido al Ser, ha entrado en su propio ser; rodeado por el Ser con su conocimiento absoluto, ya no tiene conciencia alguna de lo que está fuera ni de lo que está dentro. El día y la noche no cruzan estos puentes, ni la vejez, ni la muerte, ni el sufrimiento, ni las buenas obras, ni las malas obras”. “En el sueño profundo —dicen de igual modo los creyentes en esta más profunda de las tres grandes religiones—, el alma se levanta de este cuerpo nuestro, entra en la luz suprema y destaca en ella con su verdadera forma: allí es el espíritu supremo mismo, que vaga por ahí mientras bromea, juega y se divierte, ya sea con mujeres, o carros, o amigos; allí sus pensamientos ya no vuelven atrás hacia este apéndice de un cuerpo al que el ‘prana’ (el aliento vital) está atado como una bestia de carga al carro”. No obstante, nos cuidaremos de percatarnos de que (tal como hicimos al analizar la “redención”) a pesar de todas sus pompas de extravagancia oriental esto simplemente expresa la misma crítica de la vida que hacía el claro, el frío, heladamente griego, pero aun así sufriente Epicuro. La sensación hipnótica de la nada, la paz del sueño más profundo, la anestesia en suma —eso es lo que pasa entre los sufrientes y los totalmente deprimidos por, ni más ni menos, su bien supremo, su valor de los valores; eso es lo que ellos deben atesorar como algo positivo, sentir como la esencia de lo Positivo (según la misma lógica de los sentimientos, en todas las religiones pesimistas la nada es llamada Dios).
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