promueve; dondequiera que existe un rebaño, es el instinto de la debilidad el que ha deseado el rebaño, y la astucia de los sacerdotes la que lo ha organizado, pues —reparémoslo bien— con una necesidad igualmente natural, los fuertes se esfuerzan tanto por el aislamiento como los débiles por la unión: cuando los primeros se unen, lo hacen únicamente con vistas a una acción conjunta agresiva y a una satisfacción conjunta de su Voluntad de Poder, muy a pesar de los deseos de sus conciencias individuales; los segundos, por el contrario, se alinean con deleite positivo en tal alarde: sus instintos se ven tan gratificados por ello como los instintos del «amo nato» (es decir, la especie humana solitaria de las bestias de presa) se ven perturbados y heridos en lo más hondo por la organización. Siempre acecha bajo toda oligarquía —tal es la lección universal de la historia— el deseo de tiranía. Toda oligarquía tiembla continuamente con la tensión del esfuerzo que cada individuo requiere para seguir dominando este deseo. (Tal fue, por ejemplo, la griega; Platón lo muestra en cien lugares, Platón, que conocía a sus contemporáneos y a sí mismo ).
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