incluso esta misma náusea, este cansancio, este disgusto consigo mismo, todo esto se descarga de él con tanta fuerza que de inmediato se convierte en una nueva atadura. Su «no», que le profiere a la vida, hace surgir como por arte de magia una abundancia de agraciados «síes»; incluso cuando se hiere a sí mismo, este maestro de la destrucción, de la autodestrucción, es posteriormente la herida misma la que lo obliga a vivir.
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