con mayor fuerza la evolución de la conciencia de culpa, al menos en las víctimas del poder punitivo. En particular, no subestimemos hasta qué punto, por el mero espectáculo del procedimiento judicial y ejecutivo, se le impide al propio malhechor sentir que su fechoría, la índole de su acto, es en sí misma reprobable: pues ve claramente que esa misma clase de actos se practican al servicio de la justicia, y entonces se les llama buenos, y se practican con buena conciencia; actos tales como el espionaje, la perfidia, el soborno, el trampeo, todo el arte intrigante e insidioso del policía y del delator; en suma, todo el sistema que se manifiesta en las distintas clases de castigo (un sistema que no se exculpa por la pasión, sino que se funda en principios), consistente en robar, oprimir, insultar, encarcelar, torturar, asesinar. Todo esto lo ve considerado por sus jueces, no como actos merecedores de censura y condena en sí mismos, sino únicamente en un contexto y una aplicación determinados.
No fue en este suelo donde creció la «mala conciencia», esa planta de lo más siniestra e interesante de nuestra vegetación terrestre; de hecho, durante un período sumamente largo, en la conciencia del hombre que juzgaba y castigaba no se manifestó indicio alguno de tener que vérselas con un «culpable».
Las criaturas se las tenían que ver meramente con el autor de un perjuicio, con un fragmento irresponsable del destino. Y al hombre mismo, sobre quien el castigo caía posteriormente como un fragmento del destino, no se le ocasionaba más «dolor interior» que el que le habría provocado la brusca llegada de algún acontecimiento imprevisto, de alguna terrible catástrofe natural, de una avalancha estruendosa y aplastante contra la cual no existe resistencia alguna.