Concluyo con tres preguntas, como verán.
«¿Se erige aquí en realidad un ideal, o se derriba uno?», tal vez se me pregunte. …
Pero ¿se han preguntado ustedes alguna vez con suficiente frecuencia cuán caro pago ha exigido la erección de todo ideal en el mundo? Para lograr tal consumación, ¿cuánta verdad debe ser siempre difamada y malinterpretada, cuántas mentiras deben ser santificadas, cuánta conciencia tiene que ser perturbada, cuántas libras de «Dios» tienen que ser sacrificadas cada vez?
Para que pueda erigirse un santuario hay que destruir un santuario: esa es una ley; ¡muéstrenme un solo caso en el que no se haya cumplido! …
Nosotros los hombres modernos, heredamos la inmemorial tradición de viviseccionar la conciencia y de practicar la crueldad con nuestro propio ser animal. Ese es el ámbito de nuestro entrenamiento más prolongado, tal vez de nuestra destreza artística, en cualquier caso de nuestro diletantismo y de nuestro gusto pervertido. Durante demasiado tiempo el hombre ha mirado sus inclinaciones naturales con «mal de ojo», de modo que al final se han visto afiliadas en su organismo a una mala conciencia. Un esfuerzo inverso sería intrínsecamente factible —pero ¿quién es lo bastante fuerte como para intentarlo?—, a saber, afiliar a la «mala conciencia» todas esas inclinaciones antinaturales, todas esas aspiraciones trascendentales, contrarias al sentido, al instinto, a la naturaleza y a la animalidad; en suma, todos los ideales pasados y presentes, que son todos ellos ideales opuestos a la vida y calumniadores del mundo.