Los métodos empleados por el sacerdote asceta, que ya hemos aprendido a conocer —el sofocamiento de toda vitalidad, la energía mecánica, la escasa alegría y, sobre todo, el método de organización de rebaño del “ama a tu prójimo”, la exaltación de la conciencia comunitaria del poder hasta tal punto que el hastío que el individuo siente de sí mismo queda eclipsado por su deleite en el florecimiento de la comunidad—, son, según los estándares modernos, los métodos “inocentes” empleados en la lucha contra la depresión; pasemos ahora al tema más interesante de los métodos “culpables”. Los métodos culpables significan una sola cosa: producir un exceso emocional —el cual se utiliza como el anestésico más eficaz contra su estado depresivo de dolor prolongado—; por esta razón, el ingenio sacerdotal se ha mostrado por completo inagotable al idear esta única cuestión: “¿Por qué medios se puede producir un exceso emocional?”. Esto suena duro: es evidente que sonaría mejor y heriría menos los oídos si dijera, en verdad: “El sacerdote asceta se sirvió en todo momento del entusiasmo contenido en todas las emociones fuertes”. Pero ¿de qué sirve seguir acariciando los delicados oídos de nuestros afeminados modernos? ¿De qué sirve por nuestra parte ceder ni una sola pulgada ante su fariseísmo verbal? Para nosotros los psicólogos, hacer eso equivaldría a un fariseísmo práctico inmediato, además del hecho de que nos produce náuseas. El buen gusto (otros dirían la rectitud) de un psicólogo hoy en día consiste, si acaso, en combatir el lenguaje vergonzosamente moralizado con el que están embadurnados todos los juicios modernos sobre los hombres y las cosas. Pues no os equivoquéis: lo que constituye la característica principal de las almas modernas y de los libros modernos no es la mentira, sino la inocencia que forma parte integrante de su deshonestidad intelectual. El inevitable tropiezo con esta “inocencia” en todas partes constituye el rasgo más desagradable del negocio algo peligroso que un psicólogo moderno tiene que emprender:
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