entonces con seriedad de oso, venerable, sabio, frío, lleno de superioridad traicionera, como heraldo y portavoz de poderes misteriosos, mezclándose a veces incluso entre la otra especie de fieras, decidido como está a sembrar en su terreno, allí donde pueda, sufrimiento, discordia, contradicción consigo mismo, y demasiado seguro de su arte como para dejar de ser siempre el señor de los sufrientes en todo momento. Trae consigo, sin duda, ungüento y bálsamo; mas antes de poder hacer las veces de médico tiene que herir primero; así, mientras calma el dolor que la herida produce, al mismo tiempo envenena la herida. Muy versado está en esto por encima de todo, este mago y domador de fieras, en cuya vecindad todo lo sano tiene que enfermar necesariamente, y todo lo enfermo tiene que volverse manso. Protege, en verdad, bastante bien a su rebaño enfermo, este extraño pastor; los protege también contra sí mismos, contra las chispas (incluso en el centro del rebaño) de maldad, bellaquería, saña y todos los demás males que los apestados y los enfermos heredan por naturaleza; combate con astucia, dureza y sigilo contra la anarquía y contra la desintegración siempre inminente en el seno del rebaño, donde el resentimiento —esa sustancia explosiva y detonante más peligrosa— se acumula y se acumula sin cesar. Deshacerse de esta sustancia detonante de tal modo que no haga saltar por los aires al rebaño y al pastor, esa es su verdadera hazaña, su utilidad suprema; si se quiere resumir en la fórmula más breve el valor de la vida sacerdotal, sería correcto decir que el sacerdote es el desviador del curso del resentimiento. Todo sufriente, de hecho, busca instintivamente una causa de su sufrimiento; para decirlo con más exactitud, un autor —para decirlo aún con más precisión, un autor responsable dotado de sensibilidad—, en suma, algo vivo sobre lo cual, ya sea de verdad o in effigie, pueda descargar sus afectos bajo cualquier pretexto. Pues la descarga de afectos es el mayor intento de alivio del sufriente, es decir, el aturdimiento, su narcótico mecánicamente deseado contra el dolor de cualquier índole. Únicamente en este fenómeno se halla, a mi juicio, la verdadera causa fisiológica del resentimiento, de la venganza
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