valores ordinarios, ¡con las cuales el espíritu ha bramado durante demasiado tiempo contra sí mismo mediante un sacrilegio aparentemente fútil! De igual modo, el mero hecho de contemplar otra perspectiva, el mero deseo de contemplar otra perspectiva, es un no pequeño entrenamiento y preparación del intelecto para su eterna «Objetividad» —entendiéndose la objetividad no como «contemplación sin interés» (pues eso es inconcebible y absurdo), sino como la capacidad de tener los pro y los contra en el propio poder y de encenderlos y apagarlos, para así llegar a saber utilizar, en pro del avance del conocimiento, la diferencia de perspectiva y de las interpretaciones emocionales.
Mas guardémonos de aquí en adelante, por cierto, mis filosóficos colegas, más cuidadosamente contra esa mitología de peligrosas ideas antiguas que ha establecido un «sujeto de conocimiento puro, sin voluntad, sin dolor, sin tiempo»; guardémonos de los tentáculos de ideas tan contradictorias como «razón pura», «espiritualidad absoluta», «conocimiento en sí»: en estas teorías se exige pensar a un ojo que ni siquiera puede ser pensado, un ojo que ex hypothesi no tiene dirección alguna, un ojo en el cual están coartadas, están ausentes las funciones activas e interpretativas, ¡esas funciones, digo!, por medio de las cuales el ver «abstracto» se convierte primero en ver algo; en estas teorías, por consiguiente, se exige siempre del ojo lo absurdo y lo disparatado. No hay más que un ver perspectivístico, sólo un «conocer» perspectivístico; y cuantas más emociones expresemos sobre una cosa, cuantos más ojos, diferentes ojos, sepamos aplicar a una misma cosa, tanto más completa será nuestra «idea» de ella, nuestra «objetividad». ¡Pero la eliminación total de la voluntad, la desconexión de todas las emociones en conjunto, suponiendo que fuéramos capaces de hacerlo: cómo?, ¿no equivaldría eso a una castración intelectual?