Por otra parte, ya vislumbramos quién es en realidad el que tiene sobre su conciencia la invención de la «mala conciencia»: ¡el hombre resentido!
Finalmente, que el hombre se mire a sí mismo en la historia. ¿En qué esfera hasta el presente ha encontrado su hogar terrenal toda la administración de la ley, la necesidad real de la ley? ¿Por ventura en la esfera del hombre que reacciona? Ni por un minuto: ¿más bien en la del hombre activo, fuerte, espontáneo, agresivo?
Desafío deliberadamente al agitador antes mencionado (que hace esta misma confesión sobre sí mismo: «el credo de la venganza ha recorrido todas mis obras y esfuerzos como el hilo escarlata de la Justicia»), y afirmo que, juzgada históricamente, la ley en el mundo representa la guerra misma contra los sentimientos reactivos, la guerra misma librada contra esos sentimientos por las fuerzas de la actividad y la agresión, las cuales consagran una parte de sus fuerzas a contener y mantener dentro de ciertos límites esta efervescencia de la reactividad histérica, y a forzarla a llegar a algún compromiso.
Allí donde se practica la justicia y se mantiene la justicia, puede observarse que el poder más fuerte, cuando se enfrenta a los poderes más débiles que le son inferiores (ya sean grupos o individuos), busca armas para poner fin al insensato furor del resentimiento, al tiempo que lleva a cabo su objetivo, en parte sacando a la víctima del resentimiento de las garras de la venganza, en parte sustituyendo la venganza por una campaña propia contra los enemigos de la paz y el orden, en parte buscando, sugiriendo y ocasionalmente imponiendo acuerdos, en parte estandarizando ciertos equivalentes para los daños, equivalentes a los cuales el elemento del resentimiento queda desde entonces remitido de manera definitiva.
Sin embargo, la medida más drástica tomada y efectuada por el poder supremo para combatir la preponderancia de los sentimientos de rencor