En cuanto a estas famosas victorias de la ciencia; no cabe duda de que son victorias, ¿pero victorias sobre qué? Ni por un solo minuto hubo en su haber victoria alguna sobre el ideal ascético; más bien se hizo más fuerte, es decir, más esquivo, más abstracto, más insidioso, por el hecho de que un muro, una obra exterior que se había adosado a la fortaleza principal y afeaba su aspecto, fuera destruida y derribada sin contemplaciones de vez en cuando por la ciencia. ¿Sugiere alguien seriamente que la caída de la astronomía teológica significó la caída de ese ideal? ¿Acaso el hombre ha tenido desde entonces menor necesidad de una solución trascendental para el enigma de su existencia, debido a que esta existencia se ha vuelto desde entonces más azarosa, casual y superflua en el orden visible del universo? ¿No ha habido desde la época de Copérnico un progreso ininterrumpido en la auto-minimización del hombre y de su voluntad de empequeñecerse? Ay, su creencia en su dignidad, en su carácter único e irreemplazable en el plan de la existencia ha desaparecido; se ha convertido en animal, en animal literal, sin calificaciones ni paliativos, él que en su creencia anterior era casi Dios («hijo de Dios», «semidiós»). Desde Copérnico, el hombre parece haber caído en un plano inclinado; rueda cada vez más deprisa y se aleja del centro, ¿hacia dónde? ¿hacia la nada? ¿hacia la «sensación electrizante de su propia nada»? ¡Bien! ¿Este sería el camino directo... hacia el viejo ideal? Toda la ciencia (y de ningún modo solo la astronomía, respecto a cuyo efecto humillante y degradante Kant ha hecho una notable confesión: «aniquila mi propia importancia»), toda la ciencia, tanto la natural como la antinatural —y por antinatural entiendo la autocrítica de la razón—, se empeña hoy en día en disuadir al hombre de su opinión actual sobre sí mismo, como si dicha opinión no hubiera sido más que un capricho extravagante; se podría llegar a decir que la ciencia encuentra su orgullo peculiar, su amarga forma de ataraxia estoica, en preservar el desprecio que el hombre siente por sí mismo, ese estado que tanto le costó provocar, como la pretensión última y más seria del hombre de autoapreciación (con razón, a decir verdad, pues quien desprecia es siempre «alguien que no ha olvidado cómo apreciar»).
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