extraño, a pesar de todo. —Frunció el ceño, contemplando a la mujer muerta con perplejidad.
M. Caux se encogió de hombros.
—El asesino se dejó llevar por la furia, sin duda —sugirió él.
—Si la hubieran abatido, habría sido comprensible —reflexionó Poirot—, pero el hombre que la estranguló se le acercó por la espalda y la cogió desprevenida. Un pequeño ahogo, un pequeño gorgoreo, eso es todo lo que se habría oído, y luego, después, ese golpe brutal en su rostro. Ahora bien, ¿por qué? ¿Esperaba que, si el rostro era irreconocible, quizás no la identificaran? ¿O la odiaba tanto que no pudo resistir asestarle ese golpe incluso después de muerta?
Katherine se estremeció, y él se volvió hacia ella de inmediato con amabilidad.
—No debe permitir que la aflija, señorita —dijo—.
Para usted todo esto es muy nuevo y terrible. ¡Para mí, por desgracia, es una vieja historia! Un momento, se lo ruego a ambos.
Se quedaron de pie contra la puerta observándolo mientras él recorría rápidamente el compartimento.
Observó la ropa de la mujer muerta doblada ordenadamente al pie de la litera, el gran abrigo de piel que colgaba de un gancho y el pequeño sombrero de laca roja arrojado en la rejilla portaequipajes.
Luego pasó al compartimento contiguo, aquel en el que Katherine había visto sentada a la criada. Aquí la litera no estaba hecha. Tres o cuatro mantas se amontonaban descuidadamente en el asiento; había una sombrerera y un par de maletas.
Se volvió repentinamente hacia Katherine.