corazón. L’amour, causa muchas muertes, ¿no es así?
Zia se rio.
—No debería burlarse del amor, mademoiselle —le dijo Poirot, agitándole un dedo con energía—, usted, que es joven y hermosa.
—Tampoco tanto —dijo Zia—; olvida usted que tengo treinta y tres años, monsieur Poirot. Soy franca con usted, porque no sirve de nada ser de otra manera. Como le dijo a mi padre, han pasado exactamente diecisiete años desde que nos ayudó aquella vez en París.
—Cuando la miro a usted, me parece mucho menos —dijo Poirot con galantería—. Por entonces era usted muy parecida a como es ahora, Mademoiselle, un poco más delgada, un poco más pálida, un poco más seria. Diez años y recién salida de su pension... No del todo la petite pensionnaire, no del todo una mujer. Estaba usted deliciosa, con muchísimo encanto, Mademoiselle Zia; otros lo pensaban también, sin duda.