El desarrollo de las elecciones generales de 1918 ofrece una triste y dramática historia de la debilidad esencial de quien extrae su principal inspiración no de sus propios impulsos verdaderos, sino de las efusiones más groseras de la atmósfera que lo rodea momentáneamente.
Los instintos naturales del primer ministro, como tantas veces ocurre, eran correctos y razonables. Él mismo no creía en colgar al káiser ni en la sensatez o la posibilidad de una gran indemnización.
El 22 de noviembre él y el Sr. Bonar Law publicaron su Manifiesto Electoral. Este no contiene alusión alguna ni a lo uno ni a lo otro sino que, hablando más bien del Desarme y de la Liga de Naciones, concluye que «nuestra primera tarea debe ser concluir una paz justa y duradera, y establecer así los cimientos de una nueva Europa de modo que la ocasión de futuras guerras pueda ser evitada para siempre». En su discurso en Wolverhampton en vísperas de la Disolución (24 de noviembre), no hay ni una palabra sobre Reparación o Indemnización. Al día siguiente en Glasgow, el Sr. Bonar Law no quiso prometer nada. «Vamos a la Conferencia», dijo, «como uno más entre varios aliados, y no podéis esperar que un miembro del Gobierno, piense lo que piense, declare en público antes de ir a dicha conferencia qué postura va a adoptar respecto a cualquier cuestión en particular».
Pero pocos días después, en Newcastle (29 de noviembre), el Primer Ministro estaba entrando en calor: > «Cuando Alemania derrotó a Francia, hizo pagar a Francia. Ese es el principio que ella misma ha establecido. No cabe la menor duda acerca del principio, y ese es el principio sobre el cual debemos actuar: que Alemania debe pagar los costos de la guerra hasta el límite de su capacidad para hacerlo». Pero acompañó esta declaración de principios con muchas «palabras de advertencia» sobre las dificultades prácticas del