Hay pocos episodios en la historia que la posteridad tenga menos motivos para perdonar: una guerra librada ostensiblemente en defensa de la santidad de los compromisos internacionales que termina en una violación flagrante de uno de los compromisos más sagrados posibles de esta índole por parte de los campeones victoriosos de estos
Aparte de otros aspectos de la transacción, creo que la campaña para conseguir que Alemania pagara los costes generales de la guerra fue uno de los actos de imprudencia política más graves de los que nuestros estadistas han sido responsables jamás.
A qué futuro tan diferente podría haber aspirado Europa si el señor Lloyd George o el señor Wilson hubiesen comprendido que el más grave de los problemas que reclamaban su atención no era político o territorial, sino financiero y económico, y que los peligros del porvenir no residían en las fronteras o las soberanías, sino en los alimentos, el carbón y el transporte. Ninguno de los dos prestó la debida atención a estos problemas en ninguna fase de la Conferencia.
Pero en cualquier caso, el ambiente para su consideración prudente y razonable estaba irremediablemente nublado por los compromisos de la delegación británica en la cuestión de las Indemnizaciones. Las esperanzas a las que el Primer Ministro había dado lugar no solo lo obligaron a defender una base económica injusta e inaplicable para el Tratado con Alemania, sino que lo enemistaron con el Presidente y, por otro lado, con intereses contrapuestos a los de Francia y Bélgica.
Cuanto más claro resultaba que se podía esperar bien poco de Alemania, más necesario era ejercer la codicia patriótica y el «egoísmo sagrado» y arrebatar el hueso a las reclamaciones más justas y a la mayor necesidad de Francia, o a las expectativas bien fundadas de Bélgica.