que dependía su nueva fuerza, el vasto entramado edificado sobre el hierro, el carbón y los transportes. Si Francia podía apoderarse, aunque fuera en parte, de lo que Alemania se veía obligada a abandonar, la desigualdad de fuerzas entre los dos rivales por la hegemonía europea podría remediarse durante muchas generaciones.
De ahí surgieron esas disposiciones acumulativas para la destrucción de una vida económica altamente organizada que examinaremos en el siguiente capítulo.
Esta es la política de un viejo, cuyas impresiones más vívidas y su imaginación más viva pertenecen al pasado y no al futuro. Ve el conflicto en términos de Francia y Alemania, no de la humanidad y de la civilización europea luchando por avanzar hacia un nuevo orden. La guerra se ha grabado en su conciencia de un modo algo distinto al nuestro, y no espera ni confía en que nos encontremos en el umbral de una nueva era.
Sucede, sin embargo, que no es solo una cuestión ideal la que está en juego. Mi propósito en este libro es demostrar que la Paz de Cartago no es prácticamente justa ni posible. Aunque la escuela de pensamiento de la que surge es consciente del factor económico, pasa por alto, no obstante, las tendencias económicas más profundas que han de regir el porvenir.
El reloj no puede hacerse retroceder. No se puede restaurar la Europa central a 1870 sin provocar tensiones tales en la estructura europea y desencadenar fuerzas humanas y espirituales tales que, traspasando fronteras y razas, arrollarán no solo a ustedes y a sus «garantías», sino a sus instituciones y al orden existente de su Sociedad.
¿Mediante qué prestidigitación se sustituyó esta política por los Catorce Puntos, y cómo llegó el Presidente a aceptarla? La respuesta a estas