Si los ricos se hubieran gastado su nueva riqueza en sus propios disfrutes, el mundo habría encontrado hace mucho tiempo intolerable tal régimen. Pero, como las abejas, ahorraron y acumularon, no en menor medida para beneficio de toda la comunidad por el hecho de que ellos mismos abrigaran fines más estrechos.
Las inmensas acumulaciones de capital fijo que, para gran beneficio de la humanidad, se erigieron durante el medio siglo anterior a la guerra, nunca podrían haberse gestado en una Sociedad donde la riqueza se hubiera distribuido equitativamente.
Los ferrocarriles del mundo, que aquella época construyó como un monumento para la posteridad, fueron, no menos que las pirámides de Egipto, la obra de un trabajo que no tuvo la libertad de consumir en el disfrute inmediato el equivalente íntegro de sus esfuerzos.
Así, este notable sistema dependía para su crecimiento de un doble engaño o superchería. Por un lado, las clases trabajadoras aceptaban por ignorancia o impotencia, o eran obligadas, persuadidas o engatusadas por la costumbre, la convención, la autoridad y el orden bien establecido de la Sociedad para aceptar, una situación en la que podían reclamar como propio muy poco del pastel que ellas, la Naturaleza y los capitalistas cooperaban para producir. Y, por otro lado, a las clases capitalistas se les permitía reclamar la mejor parte del pastel como suya y eran teóricamente libres de consumirla, bajo la condición tácita subyacente de que consumieran muy poca en la práctica. El deber de "ahorrar" se convirtió en las nueve décimas partes de la virtud y el crecimiento del pastel en el objeto de la verdadera religión. Surgieron en torno al no consumo del pastel todos aquellos instintos del puritanismo que en otras épocas se habían retirado del mundo y habían