Estas tácticas se vieron justificadas por los acontecimientos. Clemenceau se ganó una reputación de moderación ante sus colegas del Consejo al descartar a veces, con aire de imparcialidad intelectual, las propuestas más extremas de sus ministros; y muchas cosas salieron adelante en los casos en que los críticos estadounidenses y británicos naturalmente ignoraban un poco el verdadero quid de la cuestión, o en los que una crítica demasiado persistente por parte de los aliados de Francia los colocaba en una situación que consideraban ingrata, la de parecer siempre estar tomando partido por el enemigo y defendiendo su causa. Por lo tanto, allí donde los intereses británicos y estadounidenses no estaban gravemente comprometidos, sus críticas se relajaron, y así se aprobaron algunas disposiciones que los propios franceses no tomaban muy en serio, y para las cuales la decisión de última hora de no permitir ninguna discusión con los franceses [Nota del traductor: nota interna, ignorar] —con los alemanes— eliminó la oportunidad de enmienda.
Pero, aparte de la táctica, los franceses tenían una política. Aunque Clemenceau pudiera abandonar cortésmente las pretensiones de un Klotz o un Loucheur, o cerrar los ojos con aire de fatiga cuando los intereses franceses ya no estaban involucrados en la discusión, sabía qué puntos eran vitales, y en estos cedió muy poco. En la medida en que las principales líneas económicas del tratado representan una idea intelectual, es la idea de Francia y de Clemenceau.
Clemenceau era con mucho el miembro más eminente del Consejo de los Cuatro, y había tomado la medida de sus colegas. Él solo tenía una idea y la había considerado en todas sus consecuencias. Su edad, su carácter, su ingenio y su aspecto se unían para conferirle objetividad y un perfil definido en un entorno de confusión. > No se podía despreciar a Clemenceau ni aborrecerlo, sino tan solo adoptar un punto de vista diferente sobre